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¿Por qué nos volvemos invisibles?

En la naturaleza, encontramos un fenómeno que nos permite identificar o reconocer comportamientos de los seres humanos y el por qué los asumimos. El camaleón por ejemplo, posee la propiedad de camuflarse para confundirse con el paisaje, lo hace gracias a su habilidad para cambiar la pigmentación de su piel teniendo en cuenta la luz y los colores que existen en el entorno. Esta capacidad le permite que sus presas no lo descubran y así cazarlas con más facilidad, pero también le sirve para volverse invisible cuando el miedo le avisa que puede ser víctima de algún depredador.


Wedyco. Psicólogos en línea por teleconsulta

Los seres humanos no somos muy diferentes a los camaleones. Las experiencias en la vida van generando que nuestra autoconfianza disminuya. El miedo a cometer errores, al fracaso, a quedarnos solos, a no tener una familia perfecta, a causar decepciones a las personas que nos aman, a ser rechazados por nuestra manera de pensar o de ver el mundo y que en consecuencia nadie nos quiera.


La manera como nos percibimos y pensamos de nosotros mismos alimentan más nuestros miedos y hacen que deseemos ser invisibles para que nadie pueda lastimarnos. Lamentablemente, estos miedos inician en nuestros primeros años de vida, cuando aún hacemos parte de nuestra familia. El ser el niño o la niña diferente, ser la "oveja negra", amenaza nuestra autoconfianza; conocí la historia de un niño que deseaba ser músico, hijo de un abogado muy exitoso y una madre microbióloga de mucho prestigio. Su hermano mayor, además, un médico cirujano muy reconocido. Pero este niño sólo quería ser baterista, lo que generó que su familia lo etiquetara como la oveja negra. Como resultado el niño renunció a su sueño de la música y empezó a desear cuando creciera tener un trabajo similar al de sus padres y seguir sus pasos. Cuando esto no pasó, se llenó de miedo y empezó a desear ser invisible.


A pesar de las marcadas diferencias que puedan existir entre unos y otros, la verdad es que en muchos aspectos todos los seres humanos somos iguales y en muchas ocasiones de la vida tomamos la decisión de querer ser invisibles. Cuando se burlaban de nosotros en el colegio o en la universidad y éramos victimas del bullying. Cuando se nos colocan sobrenombres o calificativos despectivos (a mi papá, en el colegio, lo apodaban la pantera rosa, porque era muy delgado). Cuando permitimos que este tipo de situaciones nos impidan reconocer quiénes somos en realidad, cuando perdemos de vista nuestras habilidades, nuestra autenticidad, terminamos en el rincón del olvido, colocándonos en segundo plano, hasta el punto de llegar a desaparecer para el mundo. Al percibir que nadie nos toma en cuenta caemos en la depresión y luego en otro tipo de enfermedades mentales como la ansiedad.


La historia de Paula


Paula, es una chica de 24 años, estudiante de medicina de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá, victima de abuso y maltrato por parte de sus padres y compañeros de estudio en su infancia. Como adulta, ha tenido tres compañeros sentimentales, donde ha sido victima de maltrato por parte de sus parejas, sus amigas la cuestionan por las malas decisiones que toma. Cuando acepta relaciones sentimentales y ella reconoce que, efectivamente, no es muy buena manejando este tipo de situaciones. Sin embargo, no tiene claro por qué se equivoca tanto, junto con la paciente intentamos comprender las dinámicas concernientes con sus relaciones amorosas. Ella describe cómo desaparece delante de los demás. "No intenté ser invisible, simplemente era así: era invisible para todos, simplemente me miraban sin verme". Cuando le pregunto, como afectó esta situación su desarrollo, su respuesta fue: “- Me ha facilitado no meterme en líos, el mantenerme alejada ha evitado que pueda hacer amigas y entablar conversaciones con otras personas -”.


En muchas ocasiones ser invisibles no es nuestra decisión, el rechazo que sufrimos por nuestra manera de pensar y de actuar, el no ser asertivos en las decisiones que tomamos, nos convierte en personas invisibles. En mi tiempo de experiencia he podido entrevistar a personas que manifiestan que siempre se han sentido invisibles ante los ojos de los demás y como el serlo, les ha permitido llegar a sentirse más seguros, menos vulnerables. Paula es un ejemplo de esta situación, ella es víctima de una familia que por sus abusos y maltratos en su niñez termina generando en sí misma la percepción de ser invisible, provocando que en su vida adulta afecte su capacidad de ser asertiva para tomar decisiones en su parte afectiva. Paula es un claro ejemplo de como ser invisible por elección propia o por la manera como percibimos que los demás nos ven; o mejor, como los demás no pueden vernos porque somos invisibles, termina afectando negativamente el desarrollo de la personalidad de cualquier ser humano.


Las relaciones de apego sanas en nuestras primeras etapas de la vida, generan una fuerte influencia en los procesos de regulación de nuestras emociones. Cuando los padres establecen una sintonización adecuada con los hijos, son capaces de identificar sus reacciones y ayudarles a modular sus respuestas emocionales ante las situaciones de la vida, generan en el niño seguridad interna, confianza, autoestima y capacidad para establecer buenas conexiones consigo mismo y con los demás.


Una vez más Paula, nos muestra como el abuso y el maltrato en su infancia, evito que sus padres pudieran generar esa sintonía en esa relación de padres e hija y ante la incapacidad de hacer una regulación adecuada de sus emociones, siente ahora como adulta las consecuencias negativas, ya descritas.


Algunos padres tienen la capacidad de volver a sus hijos invisibles, y otros enseñan a sus hijos que el mejor camino que pueden tomar para evitar ser maltratados, es aquel en el que ellos mismos deciden volverse invisibles. Claro, este tipo de enseñanza en la mayoría de los casos no es un acto consciente de los padres, esta decisión la toma el niño cuando es victima del maltrato, las burlas, el rechazo. Termina creyendo que la única manera de evitar estas situaciones, es actuar y pensar como su familia. De esta forma, el niño se vuelve invisible para sí mismo y sólo es visible para los integrantes de su familia, quienes solo ven el reflejo de lo que ellos desean ver de sus hijos, y no lo que ellos son en realidad.


Niños y niñas como Paula, víctimas de abuso, maltrato, negligencia y abandono por parte de sus padres, aprenden a ignorar sus necesidades básicas y sus emociones, perdiendo la capacidad de cuidar de sí mismos. Adquieren la habilidad de adaptarse y no pedir ayuda para no ser maltratados y lograr sobrevivir, asumen una actitud defensiva y se convencen de que no necesitan de nadie.


Paula como adulta a aceptado el maltrato de sus parejas sentimentales, porque eso le permite ser vista. Nadie quiere ser invisible para siempre y para ella, aceptar el maltrato es una manera de volver a ser visible, para los demás.


El caso de Clara


Clara, es una paciente de 45 años, ha aceptado el maltrato de su esposo, porque ella siente que de esta manera él le expresa su amor y le permite sentirse visible para él. Para Clara, no hay duda de que si un día su esposo la deja de maltratar, ella se volverá invisible una vez más, porqué seguramente él debe tener otra mujer a quien amar.


A pesar de que las situaciones de la vida nos lleven a pensar que ser invisibles es una buena alternativa, es claro que a nadie le agrada la idea de ser invisible. Una cosa es que yo decida ser invisible para no ser maltratado y otra muy diferente es sentirte ignorado. Que nadie te toma en cuenta o que nadie se dé cuenta de que estás en un lugar, o que existes, sentir que tus esfuerzos no son valorados te vuelve invisible. Este segundo tipo de invisibilidad genera dolor, trauma, soledad; sin embargo, cuando es nuestra elección ser invisibles, terminamos por olvidarnos a nosotros mismos y la soledad que se siente puede quemar hasta los huesos mismos.


Del escritor, Oscar Wilde, es esta cita:


“Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti".


Cuando hablamos de autoconcepto los seres humanos nos movemos entre dos escenarios, el reconocimiento, y el deseo de que la tierra se abra a nuestros pies y desaparecer de la faz de la tierra volviéndonos completamente invisibles. Estas dos situaciones son causadas por ilusiones y expectativas que nos creamos, tenemos la idea de que siempre vamos a recibir aplausos y nos olvidamos de reconocer que somos más reconocidos por lo que aparentamos que por lo que realmente somos. Las dos alternativas son válidas y normales, se dan de manera simultánea en todas las personas y dependen de las circunstancias personales o sociales de cada individuo. El inconveniente está cuando nos obsesionamos en una de las dos y lo aplicamos a todas las situaciones de la vida, sin hacer diferenciación, esto hace que se terminen generando sentimientos de frustración.


Llegamos a sentirnos invisibles cuando nos convencemos que lo que pensamos, creemos o sentimos, no es compatible, con lo que piensan, sienten y creen las demás personas de nosotros mismos. Asumir esquemas o escalas de valores fijos y no adaptarnos a los cambios que se dan en el mundo y en la sociedad, genera este sentimiento de incompatibilidad con los demás. Las personas cambian su manera de pensar, nosotros cambiamos nuestra manera de pensar y al no existir esa flexibilidad mental y ajuste al cambio, terminamos por generar ese sentimiento de invisibilidad.


Carlos, el hijo diferente


Podemos ser la causa de que las personas se vuelvan invisibles, el hogar es el primer lugar donde las personas adquieren esa característica, cuando aún son niños. Carlos es un chico de 17 años, es el menor de cinco hijos, es un chico solitario. Tiene muchos inconvenientes para relacionarse con sus hermanos y padres. Carlos nació con un tumor benigno en la cara, un angioma, que generó rechazo de la madre cuando lo vio, a medida que el niño ha crecido el angioma se ha extendido por la cara, sus hermanos lo consideran un fenómeno. Lo excluyen de las actividades como juegos, fiestas y deportes, porque les da vergüenza lo que digan sus amigos, sus padres. Actúan de forma negligente e indiferente, negándole la posibilidad de un tratamiento médico, porque les da temor de sacarlo a la calle y que reciban malos comentarios de otras personas. Cuando Carlos tenia 12 años, escuchó a su madre decir a su padre, que le generaba rabia ver a su hijo y por eso no lo podía amar. Poco a poco, Carlos se identifica como el patito feo de la familia. Carlos, no ha asistido nunca a la escuela, no sabe leer ni escribir.


A la edad de 17 años, Carlos se define como una persona bruta, sin talentos ni habilidades y que sabe que sus padres y hermanos no lo aman por ser tan feo. Siente rechazo por él mismo, se mira al espejo y reconoce que es un monstruo y que no merece el amor de nadie. Vive atemorizado, no tiene la capacidad de amarse a sí mismo, tiene sentimientos de inadecuación, tristeza y desmotivación. En poco tiempo empobrece su autoimagen, su autoestima se afecta y no siente respeto por sí mismo; claramente podemos decir que Carlos es un chico invisible, para su familia y para él mismo. De persistir la invisibilidad y la depresión que ahora siente, puede llegar incluso al suicidio.


Como seres humanos, en muchas ocasiones no nos convertimos en personas invisibles de manera consciente, es el resultado de una vida que se desarrolla en circunstancias complejas. La pertenencia es el primero de los preceptos del amor, necesitamos sentirnos parte de algo, ser parte de nuestra familia, de un grupo social, de la iglesia, de un partido político, de un club deportivo, cultural o musical, etc. Cuando hacemos parte de algo, recibimos reconocimiento, se eleva nuestra autoestima y al hacerlo nos volvemos visibles para el grupo y para nosotros mismos.


La decisión de Andrés


Andrés tiene 23 años, es un chico, que permaneció invisible por muchos años. Su condición sexual generó el rechazo de sus padres, hermanos, compañeros del colegio. Víctima de los prejuicios y señalamientos, se aisló del mundo y se encerró en su casa. La depresión generada por la soledad en que vivía cada día, lo llevó a tres intentos de suicidio, entre los 14 y los 18 años. Cuando Andrés cumplió 21 años, conoció por redes sociales a Claudio, quien lo invitó a unirse a un grupo que trabajaba por los derechos de los homosexuales en Colombia. Andrés aceptó y al hacerlo su vida cambió. Sus aportes al movimiento, su carisma, hicieron que rápidamente se ganara el aprecio de todos los miembros del grupo al punto de llegar a ser uno de los lideres del movimiento LBGT en Colombia. La invisibilidad de Andrés comenzó a disiparse a medida que fue aceptado en el grupo. El sentido de pertenencia, le generó confianza, elevó su autoestima. Poco a poco vio que las personas podían ver en él, cosas que él mismo no sabía que tenía y cuando por fin logró verse y aceptarse como es, mejoró su calidad de vida volviéndose visible para el mismo y para los demás.


Como ya lo expresé, nadie quiere ser invisible toda la vida. Merecemos ser felices y tener la capacidad de reconocernos por lo que somos y no por lo que sociedad nos obliga que debemos aparentar. Cuando aprendemos a valorarnos podemos encontrar nuestra propia felicidad, podemos vivir de manera íntegra de acuerdo a nuestras creencias y pensamientos. No importa cuánto tiempo llevemos viviendo de forma pasiva, tratando se pasar desapercibidos. Para evitar el dolor las personas cambian y no podemos centrar nuestra atención en los aspectos negativos que nos separan de las demás personas. Debemos enfocar nuestra atención en las cosas que tenemos en común con otras personas y buscar potenciar al máximo esos aspectos. Al hacerlo, permitiremos que los demás y nosotros mismos volvamos a ser visibles.


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Jorge es un psicólogo cognitivo conductual con entrenamiento en terapia breve y psicología positiva. Posee buenas habilidades para planear y conducir una entrevista, buena capacidad para analizar el contexto donde se desarrollan las conductas individuales. Cuenta con conocimiento sobre los diferentes enfoques psicológicos de la personalidad y sus alteraciones, capacidad creativa e imaginativa para realizar propuestas innovadoras que promuevan la salud mental, sensibilidad social y vocación de servicio.


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